En profundidad

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Dismorfia muscular, ¿qué ocurre en los gimnasios?

Leticia Olave e Itziar Irruarizaga
Universidad Complutense de Madrid

 

Practicar ejercicio físico, a priori, es algo positivo, saludable y recomendable. La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2010) señala que un nivel adecuado de actividad física regular en los adultos tiene muchos efectos positivos: reduce el riesgo de hipertensión, cardiopatía coronaria, accidente cerebrovascular, diabetes, cáncer de mama y de colon, depresión y caídas; mejora la salud ósea y funcional, y es un determinante clave del gasto energético, y es por tanto fundamental para el equilibrio calórico y el control del peso.

De hecho, la falta de ejercicio físico supone el 6% de los fallecimientos registrados a nivel mundial, lo que la sitúa como el cuarto factor de riesgo en lo que respecta a mortalidad mundial. Además, la inactividad física es la causa principal del 21-25% de los cánceres de mama y colon, del 27% de los casos de diabetes y del 30% de la carga de cardiopatía isquémica. No hay que olvidar además que una de las patologías asociadas a la inactividad física es la obesidad, problema muy grave que afecta cada vez a más personas, tanto jóvenes como adultos.

Leticia Olave

Alumna del programa de doctorado de psicología clínica en la facultad de Psicología de la UCM
Especialista en psicología forense
Secretaria de la SEAS

Itziar Irruarizaga

Profesora Titular en la Facultad de Trabajo Social de la UCM
Especialista en Psicología Clínica
Vicepresidenta de la SEAS

La realidad es que se puede practicar ejercicio físico por diferentes motivos: por prescripción médica para mejorar el estado de salud, relacionarse con otras personas y ampliar el apoyo social, pasar un tiempo

con los amigos, por motivos laborales (como los atletas y los deportistas profesionales), mejorar el estado de ánimo y generar sensaciones positivas, reducir emociones negativas como la ansiedad o el nerviosismo, para conseguir un cuerpo musculado, alcanzar un ideal físico, perder peso, etc.
Por cualquier razón practicar ejercicio puede resultar beneficioso, sin embargo, cuando esta conducta se realiza de forma excesiva puede interferir de forma significativa en la vida diaria y da lugar a una conducta poco saludable que deteriora el funcionamiento normal de una persona. Y en este punto, tratando sobre pautas de ejercicio físico que pueden resultar dañinas, nos encontramos con un trastorno que todos hemos visto, pero se le ha prestado poca atención a nivel de investigación en nuestro país: Dismorfia Muscular (DM), más conocido como “vigorexia”.
La vigorexia surge incialmente con el nombre de “anorexia inversa”, y esto es así debido a que la persona con este problema en vez de verse con sobrepeso y no querer engordar (como en la anorexia), se perciben muy delgados y lo que desean es ganar masa muscular. Pope, Gruber, Choi, Olivardia y Phillips (1997) la definieron en base a los siguientes criterios:

  1. La persona tiene preocupación por la idea de que su cuerpo no es lo suficientemente musculado.
  2. La preocupación causa malestar clínicamente significativo o daño social, ocupacional o en otra área importante, cumpliendo al menos dos:
    1. La persona no acude a actividades sociales, laborales o de ocio debido a la necesidad compulsiva de mantener el horario de dieta y ejercicio.
    2. Evita situaciones en las que su cuerpo va a ser expuesto ante otros, o las afronta con importante malestar y ansiedad.
    3. Esta preocupación causa malestar y daño clínicamente significativo.
    4. La persona continúa con su ejercicio, dieta o uso de sustancias a pesar de conocer las consecuencias negativas tanto físicas como psicológicas.
  3. La preocupación principal y las conductas giran en torno a la idea de ser demasiado pequeño o poco musculado y no en el hecho de estar gordo, como en personas con anorexia, o en otros aspectos de la apariencia, como en otras formas del trastorno dismórfico corporal.

Las investigaciones que han ahondado en esta patología se han encontrado con que quienes la sufren experimentan además baja autoestima e insatisfacción con la imagen corporal. Aunque pesen 90 kg de puro músculo, se siguen percibiendo a sí mismos como poco musculados y no lo suficientemente fuertes. También se ha observado que presentan problemas de ansiedad y depresión (Guidi, Clementi y Grandi, 2013), trastornos de la conducta alimenticia, ansiedad social, peor calidad de vida y hasta intentos de suicidio en casos muy graves. Además, debido a que la forma de ganar masa muscular es practicando ejercicio, es frecuente que estas personas presenten dependencia al ejercicio físico, es decir, la práctica de ejercicio sería una adicción comportamental (Cafri, Olivardia y Thompson, 2008).
Estas personas además tienden a consumir determinados suplementos alimenticios como proteínas, creatina, glutaminas, aminoácidos, quemadores de grasas, vitaminas y un largo etcétera. Además de toda esta sobreingesta de sustancias es común que incorporen a su dieta protectores hepáticos, estomacales y hormonales. También es frecuente que consuman esteroides anabólicos, técnicamente llamados esteroides anabólicos androgénicos (EAA), con el objetivo de aumentar la masa muscular y disminuir los efectos androgénicos (Davis, Smith y Collier, 2011). Sin embargo, aunque se investigan continuamente estas sustancias químicas, los efectos secundarios persisten (alopecia, formación de acné, agresividad, atrofia testicular, retención de líquidos, disfunciones hepáticas, alteraciones en los niveles de colesterol, disminución de las inmunoglobulinas, etc.). Las consecuencias de emplear esteroides son muy peligrosas, y muchos de los usuarios de gimnasios persisten en su uso a pesar de experimentar los efectos secundarios.
La presión social que existe sobre el ideal corporal es un elemento clave que muchos autores incluyen en el modelo explicativo del trastorno del que hablamos. Este ideal es diferente para varones que para mujeres. Tradicionalmente, ellas han deseado estar delgadas (los trastornos de la conducta alimentaria se dan en 10 mujeres por cada 1 varón), mientras que la imagen ideal del hombre es la de un cuerpo fuerte y musculado, sin grasa. Los medios de comunicación también lo saben, y lo transmiten continuamente, especialmente mediante las campañas de marketing (basta con ver la televisión y ojear una revista de moda y ver la publicidad).
La baja autoestima, la insatisfacción con el propio cuerpo y el deseo de percibirse como más musculados conforman un problema que puede acarrear serias consecuencias, como lesiones en músculos y articulaciones, consumo de sustancias, aislamiento familiar, asilamiento social o restricción del círculo social a personas que se musculan en su gimnasio, descuido de aspectos escolares y deterioro del área laboral.
Los motivos para acudir al gimnasio son muchos y la mayoría son saludables, no todas las personas que frecuentan el gimnasio padecen este problema ni mucho menos, por ejemplo, algunas personas trabajan su cuerpo porque dependen profesionalmente de ello. El problema se genera cuando la práctica de la musculación se convierte en una obsesión y desencadena las consecuencias negativas que se han citado anteriormente.

Referencias bibliográficas

  • Davies, R., Smith, D., & Collier, K. (2011). Muscle dysmorphia among current and former steroid users.
  • Cafri, G., Olivardia, R. y Thompson, J. K. (2008). Comprehensive Psychiatry, 49, 374-9.
  • Guidi, J., Clementi, C., & Grandi, S. (2013). Psychological distress and personality characteristics among individuals with primary exercise dependenceRivista di psichiatria, 48(2), 121-129.
  • Organización Mundial de la Salud (2010). Recomendaciones mundiales sobre actividad física para la salud.
  • Pope, H. G., Gruber, A. J., Choi, P., Olivardia, R., & Phillips, K. A. (1997). Muscle dysmorphia: An underrecognized form of body dysmorphic disorder. Psychosomatics, 38(6), 548-557.